Honduras: el país de la muerte y la pobreza

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Feminicidios1

Descubrí la realidad de Honduras en el año 2006 de la mano de la Plataforma de Mujeres Artistas Contra la Violencia de Género, en un viaje hacía el infierno, ese que separado por un mar nos aleja a los occidentales de la muerte y la miseria a la que miles de mujeres se enfrentan en la cotidianeidad del triángulo norte. Un territorio de feminicidio y desigualdad, donde el asesinato, la muerte y la pobreza se muestran con toda su crudeza desde que el avión toma tierra en Tegucigalpa.  Un país, Honduras, hermoso de personas de corazón sincero y de lideresas como Xiomara Zelaya capaz de dar lo mejor de sí, aún a riesgo de su vida, para intentar dignificar la vida de un pueblo que sufre en un eterno quinario la realidad de la explotación infantil cristalizada en la cifra de 400 mil niños menores trabajando en cafetales o en la calle, el empobrecimiento de la población que sitúa a este país a la cabeza de la zona centroamericana según datos del Banco Mundial o el feminicidio, palabra que si bien en España es cotidiana por el asesinato de mujeres, en Honduras alcanza cifras dramáticas que lo sitúan en el primer país en el ranking de mujeres asesinadas del mundo.

Y es que, en este país de hermosas costas visitadas por programas de televisión y cruceros de lujo, cada doce horas una mujer muere, asesinada de manera violenta tras sufrir las vejaciones más salvajes de quienes ven su cuerpo como un espacio a su alcance y bajo su poder. En un marco en donde los poderes públicos e instituciones velan poco por defender a los débiles y en donde los feminicidios cuentan con una impunidad que se sitúa en cifras superiores al 90% . Así es esta una de las principales causas por las que los asesinos siguen actuando con el amparo de un sistema que mira para otra parte, pero junto esta son otras las que aparecen para converger en la generación de esta pesadilla: La violencia familiar e intrafamiliar, la pobreza extrema ,la dependencia económica de las mujeres, los regímenes de patriarcado y la desvalorización de la mujer como ser humano son otras de las causas que determinan el feminicidio en un país en donde las acciones por violencia de género prescriben a los seis meses de la acción que las origino creando un parapeto de acción a quienes de manera permanente llevan a cabo su práctica.

Hoy, Honduras, sigue escalando los escalones de la indignidad humana con el aumento salvaje de los asesinatos de mujeres en sus calles y plazas ante el silencio de la comunidad internacional y de un gobierno inútil e incapaz de hacer frente al desafío de poner freno a la muerte de las mujeres hondureñas, aun cuando el índice de asesinatos con violencia de género aumento desde el año 2005-2013 en un 263%.  Todo ello, en un marco de militarización y represión permanente de la disidencia que desde la oposición política se muestra unida en pedir un cambio de rumbo a un país que se va a pique.

 Un país ,en donde la violencia campa por doquier como señalaba recientemente el Observatorio de Violencia de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH) que venía a reflejar en cifras el contexto de violencia y represión que se vive en cada parte de un país que   registra hoy la tasa de homicidios más alta del mundo con 68 casos por cada 100 mil habitantes, un país que demuestra con esta realidad que necesita de una intervención urgente para hacer posible la construcción de otra realidad que supere el modelo de estado fallido que representa.

La cita con las urnas que en los próximos meses llevará a miles de hondureños y hondureñas a votar será una nueva prueba de superación o condena para un país que se enfrenta a su destino, aún con la certeza de saber que las garantías democráticas en el proceso estarán en la cuerda floja sin intervención de los observadores internacionales que velen por la transparencia del proceso. Quedará por ver así, si Honduras opta por el cambio o por la continuidad, por la esperanza o por el infierno que hoy toma forma en la tierra quemada en la que miles de mujeres esparcen sus restos con el silencio y la inoperancia cómplice del estado.  El tiempo lo dirá.

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