La Guerra de las Banderas

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Hace algunos años leí una frase que ciertamente me marco en lo que al concepto de lo que a la política se refería,  era esta definida como el instrumento capaz de transformar la realidad y hacer posible lo imposible a través de una interpretación del momento, de las circunstancias que marcaban a un pueblo y de la necesidad de conexión de esté con quienes desde las instituciones  públicas debían ser capaces de separar el grano de la paja para dar la respuesta necesaria.  Es esa la concepción de la política que siempre he entendió, la de la herramienta de conexión y transformación capaz de desplegar toda su acción para canalizar los deseos, sueños, esperanzas o demandas de las sociedad hacía objetivos compartidos entre quienes conforman las mismas. Creando aquellos pilares de convivencia potenciadores del desarrollo , la igualdad y el bienestar que hacen posible la creación de marcos que eviten las fracturas sociales entre quienes conforman o forman parte de un mismo territorio.

La interpretación  del cambio de la epidermis social en cada momento histórico es por lo tanto una asignatura fundamental de quienes desde la responsabilidad pública y política deben de coadyugar todos sus esfuerzos en este objetivo.  No por menos, la historia cíclica y repetitiva en el tiempo nos ha demostrado en numerosas ocasiones como la falta de esta capacidad de interpretación y análisis de la realidad social siempre han terminado por la generación de rupturas y conflictos sufridos por generaciones enteras.

Hoy España, vive uno de esos momentos, un tiempo en donde la política no ha sido capaz de entender , interpretar o canalizar las circunstancias y el momento de Crisis que a modo de abono ha servido para que las principales teorías del nacionalismo hayan potenciado una de las mayores fracturas sociales  en lo que a la convivencia en nuestro país entre territorios se refiere.  Y todo ello, partiendo de la falta de cintura de un gobierno español que en vez de indagar y analizar en la transformación de la sociedad catalana ha preferido dar la callada por respuesta o en buscar el conflicto en vez de la solución ante un problema que hoy amenaza con tener un punto de no retorno. Y todo ello, tal vez buscando los réditos políticos  y la oportunidad de presentar al partido del gobierno frente como adalid defensor de la constitución frente a unos desaforados nacionalistas catalanes excluyentes situados al margen de la ley.  Réditos que curiosamente además a sensu contrario también benefician a los que arropados por la bandera catalana ven como el discurso del miedo y la estrategia de confrontación del gobierno del Partido Popular ha servido para aumentar sus apoyos en su territorio, parecería así  que esta lucha de banderas hubiese sido pactada por los principales beneficiarios electoralmente de la misma y todo ello con un perdedor único  el pueblo catalán que dividido por las doctrinas nacionalistas sigue sufriendo al igual que el resto de España la cruda realidad de los recortes laborales y sociales.

Situaciones de desigualdad estas que atribuidas al enemigo foráneo extranjero español ha servido como un perfecto elemento de distracción ante la falta de capacidad de unos gobiernos nacionalistas que en Cataluña han sido incapaces de dar respuesta a las necesidades de un pueblo.

Parafraseando a Karl Marx el nacionalismo se presenta así como un invento que sólo sirve para dividir a la clase obrera, al pueblo mayoritario que hoy se encuentra imbuido en el trampantojo  Valle Inclaniano de quienes con la marca nacionalista buscan el sueño de una independencia, un deseo que  esconde una realidad diferente que no es otra que la de la demanda histórica de una burguesía catalana  que busca un mejor “encaje económico y fiscal”  en una España  en donde aún esta presente la idea del maltrato por comparación que sienten con respecto al concierto económico vasco y el régimen foral navarro.

En definitiva, pase lo que pase en las próximas elecciones catalanas, sean mayores o menores los votos o escaños de los nacionalistas, la realidad es que un día después las desigualdades sociales, laborales y económicos seguirán presentes en las calles y plazas de Cataluña, si bien las mismas estarán  aderezadas con una de las mayores fracturas sociales a las que el nacionalismo habrá contribuido con sus mensajes. Tocará así entender que a partir del lunes 28 de Septiembre los actores políticos, sociales y económicos de este país deberán ser capaces de interpretar la necesidad de construcción de un nuevo marco de convivencia en nuestro país, un marco que va más allá de los deseos nacionalistas y que debe partiendo del principio de solidaridad territorial construir una reforma constitucional necesaria en blindaje de nuevos derechos y libertades, una reforma que debe servir para interpretar la voluntad de los pueblos y realidades que hoy afloran en la epidermis de todo el territorio.  Toca así a la generación nacida en el abrigo de la democracia interpretar su tiempo, su realidad y el momento, ese que debe de hacer posible caminar juntos hacía la segunda transición democrática , siendo capaces como diría  esa cita de Tallentyre  atribuida a Voltaire  de dar la mitad de la vida para que los nacionalistas puedan defender sus tesis, pero conservando la otra mitad para batallar y que los nacionalistas no consigan lo que pretenden.

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