A este país le hace falta una revolución.

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Seguramente esta afirmación que  hoy encabeza mi blog podría parecerles tremendista o alejada de la realidad, pero es fruto de una evidencia: España no funciona. Nuestra democracia cada día aparece más desdibujada, borrada de la realidad cotidiana de una ciudadanía que día tras día sufre el acoso como antaño de oligarcas y terratenientes que nunca se fueron. Son estos los que en forma de compañías eléctricas, bancos y empresas utilizan la herramienta de la política para, prostituyendo el propio significado de la misma, hacer que nuestro país se parezca cada día más a esa España franquista en donde la sanidad y la educación universal y gratuita no tenían espacio, una España la de entonces y la de hoy, en donde un principio tan fundamental como la igualdad no tenía espacio.

Aquellos que ostentan el poder económico y político quieren construir un nuevo modelo de sociedad donde la desigualdad sea el principio rector de un país el nuestro, en donde para algunos es inconcebible que el hijo de un trabajador pueda llegar a ser juez o que la hija de una jornalera sea médica. El ascenso de la desigualdad hoy en España es una realidad que no admite género de duda, lo es el ámbito laboral en donde cada día que pasa los/as trabajadores/as ven cómo sus sueldos son reducidos más y más hasta casi llegar a la explotación, todo ello a costa de que las empresas sigan marcando beneficios, lo es en el ámbito de la sanidad, en donde la privatización y el recorte de lo público condenan cada día a que la vida o la muerte de una persona se rija en base a su cuenta corriente, lo es en el ámbito de la justicia donde si te llamas de apellido Urdangarin se te trata con una suavidad judicial que no encuentra en cambio el ciudadano de a pie, lo es en el ámbito político en donde la reforma de la administración local que el gobierno del PP proyecta condenará a que la política sólo pueda ser ejercida por quien tenga poder económico. Un tiempo de retroceso, desigualdad y transformación de una España que cada día se parece más a una dictadura del poderoso frente al débil. Hoy más que nunca es necesaria una revolución, la de la política frente a la economía, la de la acción frente al miedo, la de la solidaridad frente a la injusticia y la de la lucha frente a la apatía.

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