La ecuación de la igualdad.

Sin lugar a dudas el principal valor que una sociedad democrática y plural debe de tener siempre presente es el de la igualdad. Este es ese pilar máximo sobre el que se sustenta toda la arquitectura de cualquier Estado. Podemos afirmar que, sin la igualdad y la defensa de la misma en todas sus formas, una sociedad carecería del principal elemento que la configura como democrática. De esta forma, la educación a la ciudadanía en los valores de la igualdad unido al de la justicia social o la libertad se configuran como algo necesario y fundamental para lograr un desarrollo justo en las democracias contemporáneas. Si bien esto que parece una obviedad es algo que cada día se percibe como más alejado, hoy nuestra sociedad vive un proceso de decapado en donde estos valores, antaño intocables, poco a poco van alejándose y no sólo en el ámbito de la economía , la justicia o la educación, en donde la brecha entre quienes viven y quienes sobreviven son cada vez mayores, sino también en las conductas del día a día que, aunque más desapercibidas, demuestran cómo nuestra sociedad se dirige hacía un futuro cada vez más cercano que diste mucho de ser un espacio de igualdad, libertad y justicia social. Y es que la desigualdad y el trato vejatorio diferenciador entre clases se observa ya en cosas tan cotidianas como la cola de una discoteca en un fin de semana sevillano. Ciertamente, es curioso observar cómo establecimientos como el conocido Buda de la antigua estación de Córdoba de los que uno siempre hasta hoy ha guardado un grato recuerdo en compañía de amistades por su magnífico trato a quienes disfrutamos de sus instalaciones, se muestra permeable a la proliferación de agentes de aduanas –también llamados porteros en lenguaje coloquial– en sus puertas de entrada que sin rigor ni criterio discriminan entre quienes “dan o no dan la talla” para entrar en tan magnífico establecimiento. Son estas las actitudes que en la cotidianidad se convierten en norma y en uso generalizado, posibilitando imágenes tan dantescas como las de ver a una chica sevillana de treinta y pocos años a la que se le dice no das la talla o a la de un extranjero que por ser diferente se le indica que el producto nacional está por encima del que no lo es. Por ello, no puede uno por menos que denunciar actos que no sólo contribuyen a la desigualdad sino que no distan mucho de pensamientos de ultraderecha como los proclamados hoy en Europa por partidos como Amanecer Dorado, formaciones que a buen seguro encontrarían caldo de cultivo en este tipo de porteros o agentes de noche que con gusto y con el concepto elitista de una chapa de cartulina se muestran con el poder de decidir quién da o no la talla.

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